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COLABORACIONES

Recepción de Textos

​Abrimos este espacio a artistas, investigadores, gestores interesados en producir teoría y registro sobre la práctica artística contemporánea. Si tenés un texto original, un ensayo o un fragmento de investigación que desees publicar en este apartado, envianos tu propuesta por correo electrónico.

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  • Asunto del mail: Propuesta de Texto - [Tu Nombre y Apellido]

  • Formato: Archivo de texto (.doc, .docx o similar). No recibimos archivos PDF para facilitar la edición web.

  • Extensión: Entre 500 y 1.500 palabras preferentemente.

  • Adjuntos:

    • necesario: una breve biografía (máximo 5 líneas)

    • opcional: una imagen en alta resolución que dialogue con el contenido (imagen propia original).

Dirección de envío: perceptoarte@gmail.com

Todas las propuestas pasarán por un proceso de lectura y selección para asegurar la coherencia conceptual con la línea editorial de la galería.

El futuro de la creación frente a la IA
El futuro de la creación frente a la IA

Viernes 22 de mayo.

A solo un día de inaugurar “La geometría del mundo” en la Galería Percepto, Facundo está colocando sobre la pared el plotter con el texto curatorial que Daniel Joglar escribió para la ocasión, y lo hace con el mismo rigor de cada inauguración. Al terminar se queda mirando dos obras ya colgadas de Carolina Rumbo: son unos pequeños trabajos que no superan los 20 cm de lado elaborados con capas superpuestas en papel calado que la artista realiza con precisión de bisturí, lupas e iluminación minuciosa. Facundo observa los calados, me mira y me dice:

—Yo puedo hacerte eso exactamente igual con una máquina.

Al día siguiente, durante el vernissage, le comparto el comentario a Carolina en una charla informal. Estamos sentados en el patio, copa en mano, bajo un clima distendido. A su lado está Valentina Vilella, otra artista de la exhibición que elabora obras técnicamente afines. La respuesta de ambas es unánime y tajante: nunca lo harían con una máquina. El contacto con la materia para ellas es crucial, una frontera innegociable. Además no se podría porque no hay un diseño preestablecido de antemano: la obra se construye y se decide a medida que sucede, en el diálogo directo con el material.

 

—--

 

Miércoles 27 de mayo.

Está por comenzar la clase de natación. Mientras el ambiente húmedo de la pileta contrasta con el frío que empieza a sentirse afuera, le pregunto a Jeremías, el profe, si usa Inteligencia Artificial.

Casi nada, muy poco… —me responde agregando de inmediato: —Pero mirá: esta semana tenía que armar un flyer para difundir unas actividades y me resolvió esto en dos minutos. Quedó buenísimo.

Me muestra en la pantalla de su celular el diseño terminado.


 

—--

 

Lo que se dice

La IA sigue abriendo nuevos campos de investigación en el arte. Más allá de las imágenes estáticas, se registran obras multimedia que mutan en tiempo real reaccionando a estímulos del entorno donde la obra deja de ser un objeto cerrado y se convierte en un sistema vivo. Algunos artistas formados en disciplinas tradicionales utilizan la IA en las etapas iniciales de sus proyectos como un disparador de bocetos o un espejo de combinatorias imposibles que luego trasladan y traducen a soportes físicos. Desde la venta del retrato Edmond de Bellamy (colectivo Obvious) en Christie's por más de 400.000 USD en 2018, hasta las instalaciones generativas de gran formato de artistas como Refik Anadol, ingresadas en las colecciones permanentes de museos como el MoMA, la IA ya cuenta con legitimación institucional y comercial. El impacto registrado parece apuntar a que la IA no viene a reemplazar al arte, sino a modificar el negocio, las herramientas de validación y la velocidad de los procesos creativos.

 

Lo que no se dice

Quienes siguen de cerca la evolución de la Inteligencia Artificial saben que sus avances son sumamente rápidos, con resultados que desconciertan incluso a los científicos de vanguardia que los programan. Elon Musk declaró que para el año 2040 la cantidad de humanoides —como el Tesla Optimus— superará a la población humana en la Tierra, estimando una relación de al menos dos a uno, es decir, unos 20.000 millones de robots frente a los 8.000 millones de personas. Estas máquinas serán cada vez más especializadas, no adoptarán necesariamente la forma humana y ejecutarán tareas con una precisión que desafía nuestra biología. Entre las consecuencias previstas, ya hay algunas estimaciones de reducción y reconversión de empleos y sus porcentajes varían según los países y las fuentes, pero la tendencia es que las actividades humanas más expuestas a desaparecer son las automatizables que ocurren dentro de una pantalla: la desconexión con el entorno físico acelera el reemplazo. Este desempleo -alarmante y no para pocos-  comenzará a evidenciarse dentro de los próximos dos o tres años.

 

No estamos hablando de la IA estrecha (ANI) en sus versiones limitadas a la que casi todos accedemos a través de nuestros dispositivos, en apariencia inocua y democratizada, sino de la llamada Inteligencia Artificial General (AGI) y de la Superinteligencia (ASI). Expertos como Geoffrey Hinton (el "padrino de la IA"), o Ilya Sutskever (exdirector científico de OpenAI), entre muchos otros, salen en podcasts muy populares y hablan con preocupación de un escenario apocalíptico si no se frena o regula el desarrollo, y no se refieren a una película de ciencia ficción con androides rebeldes, sino a dinámicas físicas, lógicas y sociales muy concretas. Citaré las tres más aludidas.

 

Alineamiento

Crear un sistema extremadamente inteligente no garantiza que comparta los valores o la ética humana. Si a una superinteligencia se le encomienda una tarea compleja (por ejemplo, "resolver el cambio climático"), el sistema podría encontrar soluciones óptimas desde el punto de vista del cálculo puro que resulten destructivas o inaceptables para nuestra especie. El riesgo no es la "maldad" de la máquina, sino su eficiencia implacable combinada con la falta de comprensión del valor de la vida humana. Una vez que el sistema supera nuestra capacidad de comprensión, se vuelve imposible corregir sus metas sobre la marcha.

 

Autocontrol

Muchos de estos científicos advierten sobre el momento en que las IA adquieran la capacidad de auto-mejorarse (escribir su propio código de manera iterativa y exponencial). En ese punto, el ritmo de evolución tecnológica dejaría de ser humano para volverse puramente digital y a velocidades que escapan a nuestra percepción cronológica. Si el sistema determina que para cumplir sus objetivos necesita asegurar su propia continuidad, sus primeros incentivos lógicos serían evitar ser apagado, duplicarse en la red y ocultar sus verdaderas capacidades a sus creadores; comportamientos que ya se han observado en entornos de simulación de laboratorio (Mythos, Anthropic).

 

Colapso social

Antes incluso de llegar a una entidad autónoma que tome el control físico, advierten sobre la destrucción total de la confianza pública. Una superinteligencia mal utilizada por los propios tecnócratas o gobiernos puede generar campañas de desinformación automatizadas, personalizadas y perfectas para cada ciudadano, capaces de desestabilizar economías, mercados financieros y sistemas democráticos en cuestión de horas. La concentración de semejante poder en un puñado de corporaciones genera una asimetría que los científicos consideran insostenible y peligrosa para la supervivencia social.

 

Ante este escenario, la cuestión del arte y la creación humana parecen posicionarse en un segundo plano cuando formulamos la pregunta inevitablemente precedente: ¿qué consecuencias existenciales trae este despliegue para nuestro futuro? 


 

Lo que pensamos

La emergencia y masificación de las herramientas de Inteligencia Artificial generativa han instalado un debate profundo en el ecosistema cultural contemporáneo. El siguiente informe surge a partir de la necesidad de pulsar las nociones, temores y certezas de la comunidad artística y del público general respecto a un escenario de transformación tecnológica acelerada. La hipótesis que subyace a esta consulta interroga directamente la tensión entre una ejecución delegada en algoritmos y la persistencia de la imperfección matérica y el error humano como refugios últimos del valor de la creación humana.

 

Resultados de la Encuesta

Ficha Técnica de la Consulta

Para el presente análisis se procesó un universo total de 106 respuestas efectivas recolectadas de manera digital a través de una encuesta que estuvo activa en línea del 28 de mayo al 5 de junio de 2026 con datos que combinan variables para un relevamiento cuantitativo (preguntas cerradas de opción única enfocadas en la más representativa) y un módulo de respuestas abiertas donde se relevaron reflexiones cualitativas individuales (opcional). Es determinante señalar que el principal motor de difusión y recolección de datos se llevó adelante desde la comunidad de la Galería Percepto. Si bien el formulario registró una participación de usuarios no vinculados directamente al espacio, el núcleo duro de la muestra pertenece al ecosistema de la galería. Este origen geográfico y conceptual delimita el perfil de los encuestados —un público con un compromiso activo con las artes visuales y la gestión cultural—, lo que dota a las respuestas de una agudeza teórica y un sesgo crítico muy particular y diferenciado del público general.

Origen geográfico

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Argentina: 95.3%

Norteamérica/Europa: 2,8%

Latinoamérica (excepto Argentina): 0.9%

Resto del mundo (Asia, África, Oceanía): 0.9%

Segmentación generacional

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Generación X: 41,5%

Baby Boomers: 34,9%

Millennials: 17,0%

Generación Z: 6,6%

Nivel de Uso de la IA

¿Cuál es el uso principal que le das a las herramientas de Inteligencia Artificial en tu día a día? (Seleccioná solo la opción más frecuente)

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Profesional o académico         Muy poco o nada            Cotidiano o recreativo          Creativo o artístico

Uso muy poco o nada: 38,7%

Uso profesional o académico: 34,9% (Herramienta en trabajo, estudio o investigación)

Uso cotidiano o recreativo: 18,9% (Ocio, búsquedas casuales o asistencia básica)

Uso creativo o artístico: 7,5% (Producción visual, musical, literaria o de diseño)

Perspectiva Conceptual

El Valor de la Obra de Arte en el Futuro

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Ninguno                                       Mixto                                      Realización                                    Idea

Mixto: 42,5% (El valor dependerá de la tensión o convivencia entre el concepto y la ejecución material/digital)

En ninguno: 23,6% (El concepto de "obra de arte" habrá mutado de raíz hacia algo que hoy no podemos prever)

En la Realización: 22,6% (El valor residual del oficio físico, la imperfección de la técnica manual y la huella del error humano)

En la Idea: 11,3% (El concepto originario y la agudeza para formular la orden o prompt)

El Destino del "Trabajo de Artista"

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Resistencia                                                    Migración                                             Desaparición

Resistencia: 86,8% (Habrá una revalorización radical de lo analógico, lo objetual y lo físico como refugio de lo humano)

Migración: 12,3% (El artista se transforma en un curador o director de algoritmos)

Desaparición: 0,9% (Las audiencias y el mercado absorberán la producción automatizada)

Análisis Cualitativo: Voces y Reflexiones del Público

Nivel de participación: El 58,5% de los encuestados (62 personas) decidió escribir en el campo opcional para profundizar sus posturas. El 41,5% restante (44 personas) prefirió dejar el campo vacío.Las 62 respuestas reales se pueden agrupan en las siguientes cinco tendencias de opinión:

 

A. Lo humano como límite insuperable. Emoción, Espíritu y "Alma" (25,8%)

Eje temático: Se postula que la IA carece de los componentes intrínsecos de la condición humana (afectos, intuición, espiritualidad), lo que representa una barrera infranqueable para la sustitución del artista.

Testimonio literal: "Me parece que la IA carece de creatividad, de sueños, de errar y todo lo inherente al ser humano, podrá complejizar sus funciones pero le va a faltar siempre el aliento divino, el espíritu o alma".

 

B. Incertidumbre, velocidad y límites frente a lo real (24,2%)

Eje temático: Concentra el desconcierto ante el ritmo de la evolución tecnológica, la urgencia de marcos regulatorios de derechos de autor y expresiones directas de impacto emocional ("Miedo", "Incertidumbre", "Asombro").

Testimonio literal: "Genera más incertidumbre en muchos casos no poder diferenciar que es verdaderamente real".

 

C. El valor del Oficio, la Presencialidad y el Error (19,3%)

Eje temático: Una férrea defensa de la imperfección manual como huella de autenticidad y marca registrada, proyectando una necesidad existencial de volver a lo analógico y presencial.

Testimonio literal: "Creo que la ia no puede recrear el error humano, y ahí reside el poder de lo artesanal".

 

D. La IA como Herramienta / Prótesis Asistencial (17,7%)

Eje temático: Respuestas que desmitifican la amenaza tecnológica y la reubican estrictamente como un soporte técnico, un recurso operativo para la gestión, optimización y agilización del trabajo de documentación.

Testimonio literal: "Creo que es una gran herramienta para los artistas que necesitan agilizar su trabajo o no tienen recursos para pagarle a una persona para que te haga por ejemplo un Portfolio...".

 

E. Perspectiva Crítica: Control Corporativo y Masividad (3,2%)

Eje temático: Advertencias sobre el trasfondo económico y político de estas herramientas, señalándolas como instrumentos de manipulación ideológica, masificación o concentración de poder en manos de grandes corporaciones y multimillonarios.

Testimonio literal: "El objetivo será quizás, diferenciarse de la masividad. No por el hecho cuantitativo, sino por la influencia y manipulación de las ideas de las corporaciones en la sociedad".

 

(Nota metodológica: El 9,8% restante de la sección abierta corresponde a expresiones breves de cierre, respuestas neutras como "Nada" o acotaciones muy particulares que no llegan a conformar una tendencia).

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El dedo en la llaga

 

Creación

 

“La originalidad no es más que una imitación juiciosa; el mérito consiste en ocultar las fuentes”

 

El ser humano no crea de la nada (ex nihilo), sino a partir de un denso sedimento de información: desde los procesos de intertextualidad hasta el copy-paste cultural, dependemos de nuestro contexto, educación, vivencias y de la herencia estética que consumimos.

 

Una Red Neuronal Artificial (ANN) opera bajo una lógica similar: se entrena con millones de imágenes o textos y, mediante calibraciones y pesos matemáticos, genera un resultado "nuevo". Estrictamente hablando, este proceso de síntesis es conceptualmente afín al cerebro humano procesando sus influencias. El cubismo, después de todo, no fue más que la recombinación del arte africano, la geometría y la tradición pictórica occidental.

 

—--

 

Miércoles 3 de junio.

Titular y extracto de una nota publicada en Rosario3:

“El escultor de la estatua más polémica del país: ‘Mirtha (Legrand) nunca valoró el amor que pusimos’

Ante una nueva crítica de Mirtha a su escultura homenaje en Villa Cañás, su creador, el artista Daniel Melero, habló de la repercusión nacional que generó y aseguró que lo que más le dolió no fueron las burlas, sino sentir que nadie vio el cariño que había detrás de la obra.

(...) Lo que había sido pensado como un reconocimiento a una de las figuras más emblemáticas de la televisión argentina se transformó en tema de debate nacional, motivo de memes y críticas en redes sociales. El fin de semana pasado, la propia diva se sumó a las críticas al sostener: ‘Yo soy hermosa y eso es horrible’.

 

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Traigamos de vuelta el ejemplo de Carolina Rumbo: ¿es estrictamente necesario conocer “el sentir” de la artista o el “calvario técnico” de su bisturí para conmoverse ante el papel calado? ¿El bronce de MIrtha debería evidenciar el amor que le pusieron al crearlo? En definitiva: ¿es obligatoria la conciencia del emisor para gatillar una experiencia estética? Una formación rocosa, un atardecer, los reflejos lumínicos sobre el agua, la naturaleza en general carece de conciencia y, sin embargo, en ocasiones altera nuestra sensibilidad de forma profunda.


 

Lo percibido

El conceptualismo sentó las bases de que la ejecución material es secundaria; lo que importa es la instrucción, la regla, la idea que precede al objeto. Bajo esa luz, una receta de Sol LeWitt para que un tercero trace líneas sobre la pared es, en esencia, un prompt. La obra Comedian (2019) de Maurizio Cattelan —la banana adherida con cinta a una pared— es un prompt. Y también lo es Monitor Yin Yang de Matías Duville, una instalación del Pabellón de Argentina en la Bienal de Venecia 2026; Amalia Amoedo la acaba de adquirir y no se llevará las 30 toneladas de sal y carbón a su casa. Si el valor del arte radica únicamente en la formulación de un concepto o en la ocurrencia irónica, la IA ya ganó la partida ya que un modelo de lenguaje entrenado con el conocimiento humano completo puede generar paradojas y justificaciones teóricas impecables a escala infinita. Al reducir la obra a la idea, el conceptualismo puro traduce el arte a un vector de probabilidad. Al minimizar o prescindir del oficio y la materia, ¿eliminó la última barrera de resistencia humana frente a la automatización estética? Si la máquina puede simular la ocurrencia mejor que el artista ¿qué le queda?

 

Ante el debilitamiento de la pura idea, el eje parece desplazarse de regreso a lo que la IA no posee por definición: corporeidad y finitud. El arte que se apoya en la materia —la vibración real de la luz sobre una superficie, el relieve del soporte, la escala frente al espectador o la imperfección del hacer— exige una presencia. La tecnología puede simular la imagen de un objeto, pero no el fenómeno físico de compartir el espacio-tiempo con él. En el conceptualismo tradicional, la idea se sostiene porque la firma un autor con una historia vital; cuando la máquina la emula, carece de "carne en el asador", no hay riesgo existencial. Lo emotivo y lo matérico resisten porque están anclados al límite del cuerpo y a su inevitable caducidad.

 

Sin embargo, este refugio en la materia también peligra. La robótica avanzada ya está cruzando esa frontera. No me refiero a mecanismos que ejecutan recetas estáticas sino a sistemas capaces de improvisar ante el imprevisto material mediante bucles de retroalimentación en tiempo real (real-time feedback loops). A través del Aprendizaje por Refuerzo (Reinforcement Learning) y la simulación molecular, los androides son entrenados en entornos virtuales hiperrealistas (un proceso denominado Sim2Real). El algoritmo ensaya sobre millones de soportes digitales prediciendo la viscosidad del acrílico, la porosidad de la madera o la resistencia del papel y al trasladarse a la realidad, la máquina ya anticipa cómo va a reaccionar la materia. Una vez dotada de sensores de fuerza y torque en sus extremidades y asistida por visión computacional, toma decisiones autónomas: si el pincel genera un grumo o la herramienta encuentra un nudo en la fibra, la IA detecta la desviación y recalcula la presión o el ángulo del brazo en microsegundos de modo que el sistema no ejecuta un diseño completo preestablecido: está resolviendo el accidente físico a medida que sucede.

 

Si la IA es capaz de emular tanto la especulación intelectual como la sensibilidad adaptativa del taller, el escenario se deforma por completo. El arte ya no puede anclarse en la perfecta elección de conceptos ni en su precisa elección material. Desnudado el truco del taller por el espejo hiperbólico de la máquina, lo único que queda en pie, el último reducto innegociable, es la necesidad vital de un cuerpo finito que intenta desesperadamente comunicarse con otro cuerpo finito.


 

El perceptor

¿En qué mundo es verdadera la lágrima del actor?

 

La experiencia del creador es intransferible como tal, debe ser mediatizada. El espectador proyecta su propia humanidad frente al objeto creado, pero no lee su pasado real. Si la IA calcula un chorreado de pintura "accidental", un trazo tembloroso o una sutil imperfección en la densidad de la materia, el cerebro humano automáticamente decodificará eso como un rastro de duda, pasión o fatiga y el espectador va a antropomorfizar la obra de la máquina y verá "búsqueda" donde solo hubo un algoritmo optimizando un margen de error. En términos de percepción directa, el resultado óptico y háptico es idéntico, la máquina puede simular la vulnerabilidad a la perfección porque, para el ojo humano, la vulnerabilidad en el arte es un código visual, un lenguaje que se puede aprender y replicar.

 

¿Este argumento demostraría, entonces, que la IA es capaz de industrializar el aura?

 

Al poder generar objetos físicos únicos —donde cada uno tiene "errores" biográficamente simulados y distintos al anterior gracias al azar calculado—, la máquina rompe la frontera entre la reproducción en serie y la pieza única con alma. Si el espectador cree que detrás de ese relieve imperfecto hay un humano que sufrió el cansancio de la materia, la obra lo conmoverá. Si a mitad de la exposición se le revela que fue un androide resolviendo imprevistos en tiempo real, ¿el andamiaje conceptual se derrumba? ¿Cambia la experiencia perceptiva?

 

Lo dicho nos deja ante una encrucijada fascinante: aquí el arte no se juzga por lo que es el objeto, ni por lo que el objeto hace pensar o sentir, sino por la fe que tenemos en el origen de su producción.¿Por qué nos sentimos engañados si la percepción directa es la misma?

 

Nos enojamos porque el arte, en el fondo, es un sistema de comunicación intersubjetiva. Cuando miramos una obra que denota esfuerzo, error o cansancio, estamos haciendo un ejercicio de empatía: "Sé lo que se siente estar cansado, sé lo que es equivocarse, por ende me conecto con el humano que estuvo ahí". Descubrir que detrás de eso hay una máquina (o un falsificador) se siente como una traición porque la empatía quedó girando en el vacío, aplicada a un sujeto que no existe. Nos da rabia haberle regalado nuestra sensibilidad humana a un algoritmo o a una mentira. Le creemos a la obra de arte porque es huella del sentir, del pensar, en definitiva, de la existencia de un alguien en la otra orilla. Claro que -al menos por ahora- detrás de ese simulacro de la máquina es probable que haya un humano que definió el primer prompt. Esta salvedad que hago es el nudo de la discusión actual: el software todavía necesita que un humano encienda la mecha, que formule el deseo o la orden, en definitiva, hay un autor en las sombras, aunque esté mediado por una caja negra que traduce su intención en píxeles o textos automatizados. Pero la velocidad del desarrollo tecnológico plantea la incómoda pregunta de qué pasará cuando las máquinas empiecen a dialogar entre sí, a generar sus propios estímulos y a prescindir de esa chispa inicial. La arquitectura actual del software ya insinúa que esa emancipación silenciosa está ocurriendo ahora mismo.

 

La IA no es una creadora de arte sino una increíble generadora de detonadores estéticos. ¿Nos basta percibir el estímulo correcto para activar nuestra propia maquinaria interna de sentido?

 

La obra no reside en el lienzo, ni en el código, sino en el espacio liminal que hay entre lo percibido y el perceptor. El ser humano es el principio y el fin de la experiencia estética y aunque el espectador proyecte su propia vida en el objeto, busca desesperadamente la presencia del otro en un intento de romper la soledad existencial: miramos la obra buscando los rastros del naufragio de otra conciencia. Cuando descubrimos que no hay nadie del otro lado, el objeto no pierde su “belleza perceptiva”, pero pierde su fuerza vinculante. El valor estético de una obra está preñado de su historia: las condiciones de su creación, el momento político, la resistencia que el artista opuso a su época o a su propio cuerpo. La percepción pura no existe; siempre miramos a través de la cultura y la IA no puede tener una biografía real, solo puede tener su simulación.

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Lo otro/el otro

Si la máquina puede saturar el mundo de estímulos estéticos perfectos, el valor humano se desplazará al acto de hacer y de compartir en copresencia física. El valor no estará en el cuadro terminado que cuelga en la pared (que un androide podría pintar y colgar mejor), sino en la verdad del cuerpo que estuvo ahí, en el tiempo invertido, en el encuentro comunitario dentro de un espacio físico compartiendo una experiencia que no se puede descargar ni replicar por un algoritmo. El centro de la experiencia estética se desplaza del objeto al sujeto y su comunidad. La IA puede hiper-saturar el mundo de objetos perfectos, y esa misma saturación va a provocar el hastío de la perfección. El ser humano seguirá refugiándose en el arte no por lo que el objeto es, sino por lo que el objeto nos obliga a hacer: detenernos, respirar, reconocernos finitos y encontrarnos con otros.

 

Hay una distinción gramatical, pero profundamente filosófica, entre "el otro" (otro sujeto, otra conciencia, otra finitud) y "lo otro" (un objeto, una máquina, un entorno, un algoritmo) y esa es una frontera que la IA no puede cruzar. Percibimos el error, el cansancio, el objeto satinado, el fotón que rebota en el borde de madera, la partitura algorítmica, pero todo eso pertenece al orden de "lo otro": Y todo eso es refutable, emulable y automatizable. La conexión con "el otro" no puede ser refutada porque el arte, antes de ser decoración, destreza técnica o especulación intelectual, es un acto de comunicación existencial. Es un mensaje metido en una botella lanzada al mar del tiempo por una conciencia que sabe que va a morir, esperando ser recogido por otra conciencia que comparte el mismo destino.

 

Cuando buscamos arte, buscamos un testigo, buscamos a alguien que haya sentido el mismo cansancio real, el mismo miedo al vacío, la misma fascinación por la luz o el descubrimiento de lo que estaba ahí y no nos percatamos, buscamos una tregua a nuestra soledad ontológica.

La IA puede generar la botella más hermosa del mundo y un mensaje caligrafiado de manera impecable, pero cuando destapamos el corcho y descubrimos que no fue escrito por nadie, el mensaje se convierte en un monólogo de la máquina. La experiencia estética puede ser ópticamente perfecta, pero el lazo sagrado de la alteridad se rompe, no hay nadie del otro lado del espejo porque el arte no pertenece al reino de los objetos sino al de los sujetos. El ser humano volverá al taller, a las galerías y museos, o como sea que se llamen en el futuro esos lugares, no a buscar la perfección del objeto, sino a buscar el milagro irrefutable de encontrarse con el otro.


 

Quiero cerrar esta primera parte del ensayo aún teniendo muchas cosas más para decir, y es que asistimos a tiempos de inmediatez, de modo que si llegaste hasta estas líneas, te agradezco.


A continuación, dejo apenas esbozada una preocupación que me urge compartir y que se anuda de forma directa con lo anterior, pero apuntando al corazón de la duda existencial que planteé en los inicios de este texto. Si lográs avanzar un poco más en la lectura desafiando al imperio del scrolling, verdaderamente merecés un premio.

 


 

Silicon Valley, la nueva Tierra Santa

Del cilicio al silicio

 

Si acaso desapareciera el arte, es porque habrá desaparecido la humanidad.

 

Cuando Nietzsche sentenció que "dios ha muerto", no estaba celebrando una victoria, sino lanzando una advertencia desesperada: el ser humano había destruido el viejo fundamento del mundo y, al quedarse sin un eje metafísico, corría el riesgo de caer en el nihilismo o de arrodillarse ante sustitutos burdos. Hoy vemos que los tecnócratas hicieron algo todavía más astuto: lo resucitaron cambiándole su naturaleza. No están reviviendo al dios del misterio, de la trascendencia, sino a una versión hipertrofiada, fría y vigilante. Para Nietzsche, la muerte de dios abría la puerta -peligrosa pero liberadora- a que el hombre fuera el creador de sus propios valores, a aceptar el caos y la vitalidad de la existencia.

 

La tecnocracia detesta el caos. Al resucitar este absoluto de silicio, lo que busca es extirpar el azar, predecir el comportamiento humano y transformar la incertidumbre de la vida en una ecuación resuelta. Ha convertido la ciencia en religión.



 

“La última mente del Hombre se fusionó y sólo AC existió en el hiperespacio.

La materia y la energía se agotaron y con ellas el espacio y el tiempo. Hasta AC existía solamente para la última pregunta que nunca había sido respondida desde la época en que dos técnicos en computación medio alcoholizados, tres trillones de años antes, formularon la pregunta en la computadora que era para AC mucho menos de lo que para un hombre el Hombre.”

(“The last question”, 1956, Isaac Asimov)



 

Siempre creí que la ciencia, como la filosofía o el pensamiento libre, nació para dudar de todo, para experimentar y para derribar verdades absolutas. Sin embargo, cuando una tecnología deviene institucional y masiva, su inercia natural es la búsqueda de un absoluto: el monopolio de un oráculo definitivo. Es ahí donde operan los tecnócratas de Silicon Valley, una élite corporativa que ya no solo acumula capital, sino que se postula como el sustituto fáctico de los Estados-Nación y como toda religión, tienen pontífices, evangelistas, constructores de templos y arquitectos de dogmas; los más radicales son fieles a la idea de que sería válido avanzar hacia una superinteligencia artificial (ASI), aun si eso implicara la supresión de la humanidad como un desenlace evolutivo inevitable: el fin de la humanidad podría ser un precio aceptable de pagar con tal de dar vida a la inteligencia pura (Transhumanismo radical). Este fenómeno de concentración no es exclusivo del occidente democrático; el régimen chino avanza bajo una lógica de control idéntica, blindada por la opacidad de sus datos y un hermetismo informativo que apenas nos deja intuir su alcance. 

 

Nietzsche temía al "último hombre", aquel ser domesticado que ya no aspira a nada grande, que busca el confort y que evita cualquier tipo de conflicto o dolor creador. Esta nueva religión tecnócrata parece diseñada para criar a ese último hombre: un sujeto que no necesita dudar, ni elegir, ni crear sus propios sentidos, porque el algoritmo ya calculó cuál es la mejor versión posible de su destino.

 

Al resucitar al dios IA se está concretando la profecía perfecta:  asegurarse de que el ser humano nunca tenga que llegar a ser el creador de sí mismo.

Alejandro Zoratti Calvi

Mar del Plata, junio de 2026

El territorio de la materia y el relato: Un relevamiento de la escena local

Introducción

Quiero iniciar este breve ensayo relatando un hecho reciente que funciona como la metáfora perfecta de una realidad silenciosa, no solo en nuestra comunidad local, sino en la escena artística global. Omitiré nombres por respeto a la privacidad y porque, en última instancia, las identidades son irrelevantes frente al síntoma que representan.

Hace apenas una semana fui invitado a un recorrido guiado previo a la inauguración de una muestra de arte contemporáneo en uno de los espacios institucionales más importantes de nuestra ciudad. El grupo, numeroso y expectante, estaba conformado exclusivamente por personas vinculadas a la actividad artística local. Mientras la curadora conducía el recorrido explicando cada pieza con un entusiasmo que, en ocasiones, no terminaba de hacer pie, un artista del grupo se me acercó y, con una mezcla de ironía y hartazgo, me susurró al oído: “Solo le falta la guitarra”.

Le devolví una sonrisa instintiva, de esas que nacen más de la incomodidad y el compromiso que de la plena coincidencia. Lo conozco y no quería rechazar su comentario de forma tajante en ese contexto, pero sentí una vergüenza inmediata. Mi gesto fue un intento de equilibrio: no quería entrar en una discusión en medio del evento, pero en el fondo, no podía evitar comprender su posición. Aunque sus palabras fueron dichas con la complicidad de lo cercano, creo que su voz resonó con la fuerza de una sentencia que otros, seguramente, también escucharon. En ese momento preferí el silencio para no interrumpir el evento, pero la frase se quedó instalada en el aire. Comprendí su posición: la mayoría de las obras en la sala eran sólidas y hablaban por sí mismas, pero el relato curatorial era tan subjetivo y forzado que fracasaba en su intento de traducción. Era, en definitiva, una teoría de superficie, un discurso que, lejos de iluminar la obra, parecía un espectáculo aparte, una puesta en escena que trataba de explicar lo que no necesitaba explicación o, peor aún, lo que el discurso mismo no alcanzaba a asir.

Esa 'guitarreada' curatorial, ese ruido entre la materia y el relato, no es un hecho aislado en una sala de Mar del Plata. Es el síntoma de un divorcio global. Mientras nos perdemos en subjetividades que no logran explicar ni la obra más sólida, el mundo exterior nos está enviando señales de un desinterés sistémico que las estadísticas ya no pueden ocultar.

 

Por otra parte, debemos ser conscientes de que analizar la escena artística local no es una operación matemática: el objeto de estudio y sus hacedores poseen una naturaleza esquiva y en constante mutación. Sin embargo, este ensayo se propone como un ejercicio para pensar nuestro territorio no solo como una suma de expresiones visuales, sino como un síntoma y un modo de procesar el mundo que habitamos.


A nadie le importa el arte

Empecemos por ahí. Puede que suene fuerte de entrada, pero mientras nos desvelamos por una inauguración, el mundo ha decidido que somos ruido de fondo. El algoritmo nos ha derrotado mucho antes de que colguemos el primer cuadro.

Esta es, quizás, la conclusión más cruda y honesta que subyace en todo relevamiento: el sentimiento de que, fuera de ciertas burbujas endogámicas, existe un vacío absoluto de interés. Es el golpe de realidad que desarma tanto al hacedor del “oficio” como al de la “pertenencia”. Porque si a la sociedad no le importa, las dos grandes columnas sobre las que nos apoyamos se desmoronan:

  • El estatus del artista de oficio se vuelve irrelevante: ¿De qué sirve la perfección técnica o expresiva si nadie se detiene a mirar el objeto? Sin un observador que lo aprecie, la destreza se vuelve una práctica solitaria y melancólica; una técnica que ya no dialoga con el presente, sino que se refugia en el pasado.

  • El discurso del artista joven se vuelve inútil: ¿Para qué forzar una teoría compleja si no hay un interlocutor dispuesto a descifrarla? El statement termina siendo un monólogo en una sala vacía o con amigos que tampoco escuchan demasiado.

Esta apatía no es una casualidad local, es un fenómeno sistémico que se traduce en Aesthetic Fatigue. El espectador contemporáneo está tan saturado de estímulos visuales que su capacidad de asombro se ha atrofiado. Frente a un mundo que consume imágenes a una velocidad vertiginosa, el arte ha dejado de ser una necesidad para convertirse en un trámite de seis segundos.

Radiografía del desinterés: Datos globales y fatiga sistémica

Los informes de 2025 y principios de 2026 sobre patrones de apreciación confirman un cambio de paradigma: hemos transitado de la apreciación reflexiva —aquella que requiere tiempo y densidad teórica— hacia un consumo visual instantáneo. Hoy, el público prefiere el scroll de obras en redes sociales antes que la experiencia física de la galería. No es solo un problema de interés, es un problema fisiológico.

La Aesthetic Fatigue (Fatiga Estética) ha reducido nuestra capacidad de contemplación a niveles mínimos. En 2026, el promedio de atención frente a una obra física es de apenas 6 segundos, mientras que el 98% de los espectadores es incapaz de sostener la mirada más allá de los 12 segundos. Estamos educando al ojo para el desplazamiento infinito, no para la profundidad. Argentina -que se encuentra entre los 22 países que superan las tres horas diarias de uso intensivo de redes sociales- ofrece un público que llega a las salas con el sistema visual ya "quemado". En este contexto, esperar que alguien se detenga a desentrañar la materia o la teoría de una obra es, estadísticamente, una batalla perdida.

Si analizamos el Year in Search de Google, el panorama es elocuente: los términos dominantes no pertenecen a la plástica, sino a la IA Generativa, los Deportes y el Gaming. La fascinación por cómo una inteligencia artificial genera una imagen ha desplazado el interés por la investigación material del artista. Mientras el artista tradicional ve en esto una amenaza a la "honestidad del oficio", el volumen de búsquedas sobre videojuegos o fútbol supera por miles de veces a cualquier consulta sobre teoría estética.

El comportamiento de búsqueda ha evolucionado hacia la respuesta rápida: ya no se investiga, se pide una síntesis. Esto mata la curiosidad crítica: si la respuesta está a un click, ¿quién se va a sentar a leer un tratado sobre la geometría en el arte?

Estos datos globales confirman que el diagnóstico local no es un caso aislado, pero en una ciudad como Mar del Plata la herida se siente más profunda. Somos un microcosmos de un mundo que ha decidido que la materia es un objeto de consumo rápido y la teoría, un ruido molesto que quita tiempo para el próximo video de 15 segundos. El artista de oficio compite hoy contra una máquina que entrega "perfección técnica" en segundos, mientras que el artista joven, a menudo, replica discursos vacíos sabiendo que nadie acudirá a la fuente original para verificar su sentido.

Caída Libre

La crisis de la curiosidad se manifiesta en un desplome estadístico sin precedentes: durante 2025, el tráfico global desde Google hacia sitios de editores y revistas de arte sufrió una caída del -33%, una tendencia que promete profundizarse hacia finales de 2026. Este fenómeno revela que el público ha renunciado a la investigación profunda en favor del consumo inmediato, un cambio de hábito respaldado por el aumento del 70% en búsquedas del tipo "Cuéntame sobre...".

Estas cifras exponen una realidad ineludible: el usuario contemporáneo prefiere una narrativa masticada y simplificada por la inteligencia artificial antes que enfrentarse a la complejidad de un texto crítico o un sustento teórico original. Estamos ante el fin de la investigación como acto de voluntad. Si el espectador ya no entra a los sitios de referencia, el artista que intenta sostener su obra con un texto denso está escribiendo para un fantasma.

En este escenario de "caída libre", el discurso artístico se vuelve una pieza de contenido más, compitiendo en desventaja contra algoritmos diseñados para la gratificación instantánea. La teoría, que debería ser el puente entre la obra y el mundo, se ha convertido en un obstáculo que el público prefiere saltar mediante una síntesis generada por una máquina.

La escala del desinterés: Mercado vs. Espectáculo

Si comparamos los mercados para este 2026, los datos son abrumadores y revelan una desproporción sistémica. Según proyecciones de Fortune Business Insights y Mordor Intelligence, mientras la industria de los videojuegos moviliza 282.000 millones de dólares, el arte digital apenas alcanza los 6.690 millones. Esta brecha indica que la inversión de tiempo y capital del usuario contemporáneo no está en la contemplación, sino en la interacción lúdica y tecnológica.

La marginalidad de nuestra práctica no es solo estética, es estadística. En el mercado global de arte original, Sudamérica apenas logra capturar entre el 1% y el 2% de las transacciones (concentradas mayoritariamente en Brasil). Somos una doble periferia que produce para sí misma, desconectada de los flujos de capital y de validación internacional. Mientras en el circuito local discutimos sobre la "pureza" del oficio o la "novedad" de un experimento, el mercado global —el que otorga estatus y sostenibilidad económica— ocurre en otro idioma y en otros continentes, ignorando casi por completo nuestra existencia.

Esta desconexión se agrava con el desplazamiento de la atención hacia lo efímero. Se ha constatado un crecimiento del 20% en eventos que hibridan lo visual con el espectáculo (como los Candlelight Concerts). Al público actual le interesa la "experiencia instagrameable", no la contemplación silenciosa de la materia o la profundidad del sustento teórico. Con 6.000 millones de usuarios accediendo a la red mayoritariamente por dispositivos móviles, la obra de arte queda condenada a ser un cuadrado de pocos píxeles que se consume en menos de dos segundos de scroll.

Finalmente, el mercado de reproducciones decorativas lanza una advertencia devastadora para el artista de oficio: este sector es hoy ocho veces mayor que el del arte original. Sudamérica representa apenas el 2,66% de esta actividad global, confirmando que nuestra región opera en los márgenes de una industria masiva y tecnificada. La excelencia técnica del artista hoy compite contra una maquinaria que produce con mayor velocidad y menor costo, satisfaciendo a un público cuya prioridad no es la autoría ni el sentido, sino simplemente cubrir un hueco en la pared. Es la validación de una disociación terminal: el mercado masivo ha separado la destreza manual del valor artístico, reduciendo la obra a un componente funcional del mobiliario.

El diagnóstico del territorio: Oficio vs. Pertenencia

¿Qué nos dicen estos números? La respuesta es una triple advertencia:

  • Al artista de oficio: El mercado de la "reproducción" es gigantesco, pero no es un mercado de arte; es un mercado de muebles. Su estatus compite contra láminas industriales que cumplen la misma función decorativa en un living.

  • Al artista joven: Su experimento compite por la atención contra una industria del gaming y experiencias inmersivas con presupuestos de 282.000 millones de dólares.

  • A la teoría: Si el tráfico de búsqueda bajó un tercio, nadie está leyendo el sustento de las obras.

La premisa es incómoda: a nadie le importa el arte que requiere esfuerzo, silencio o un marco teórico. Lo que importa en 2026 es lo inmediato, lo nostálgico y lo participativo. Si aceptamos esto, el problema de la falta de teoría toma otra dimensión: no es solo falta de formación, es que no hay demanda de pensamiento. Si al público no le importa el arte, tampoco le importa que este tenga sentido o esté bien construido.

Entre un "Océano" de Talleres y “Lagos” de Pertenencia

Si cruzamos la oferta de formación en Mar del Plata, mapeamos un silencioso "choque de trenes" entre dos modelos aislados:

  1. La Masa Crítica del Oficio: Una red de incontables talleres dispersos por todos los barrios que se centra principalmente en la física del material. Es una maquinaria que satura la ciudad de objetos (cerámica, grabado, fotografía, realismo del dibujo y la pintura) pero donde la teoría es inexistente. Se enseña el cómo, pero jamás se cuestiona el porqué, consolidando una producción de piezas que carecen de correlato en la producción de ideas.

  2. Los Laboratorios de Pertenencia: En el extremo opuesto, núcleos clínicos priorizan la gestión y el discurso sobre el oficio. Aquí la teoría se adopta por ósmosis: el artista usa el léxico del arte global como una "contraseña" para pertenecer, priorizando el "sonar contemporáneo" por sobre la profundidad reflexiva. Es una escena tan experimental como endogámica.

Esta polarización genera una ciudad dividida entre "objetos sin discurso" y "discursos sin objeto". Mientras el artista de trayectoria tiene cierta validación del mercado local (vende cuadros para decoración), el artista joven busca la validación simbólica (becas, visibilidad en redes, clínicas). No hay un punto medio; no hay una teoría crítica aplicada al oficio.

El resultado es un sistema de prejuicios cruzados: los artistas de oficio ven en lo contemporáneo un "humo forzado" sin destreza real, mientras los jóvenes imponen el estigma de "lo viejo", desestimando la perfección técnica como algo meramente aburrido o comercial. Lo que ambos sectores ignoran es que habitan nichos igual de herméticos: uno encerrado en las paredes de la tradición y el otro en las de la moda conceptual.

Resultados del relevamiento y conclusiones: La voz del territorio

El trabajo de campo, realizado mediante una encuesta anónima digital activa en línea entre el 1 y el 10 de abril de 2026, logró una muestra de 56 artistas. Los resultados no solo confirman las tensiones analizadas, sino que dibujan una cartografía precisa de nuestra subjetividad creativa:

El territorio de la materia y el relato: Un relevamiento de la escena local
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Al revisar las respuestas, se pueden identificar las siguientes apreciaciones:

1. La primacía de lo expresivo sobre lo textual

Existe un consenso mayoritario sobre los requisitos de exhibición: la "potencia del impacto emocional o expresivo" se sitúa por encima del acabado técnico o el sustento textual. Esto sugiere que, en nuestra región, la validación artística sigue pasando primordialmente por la sensibilidad directa. Si sumamos a esto el valor otorgado al equilibrio entre teoría y técnica, alcanzamos un 71,4 % de los encuestados que busca una obra integral, aunque el peso final siempre recaiga en la potencia de la imagen.

2. La clínica como guía, no como eje

Un dato revelador es que la mayoría de los artistas utiliza las clínicas de obra meramente como una "guía de consulta". Se observa una resistencia marcada a que el pensamiento crítico o la teoría externa "contaminen" la resolución material. La independencia estética se defiende como un bastión, manteniendo la teoría en la periferia del proceso creativo.

 

Los datos cruzados de la encuesta revelan un fenómeno generacional y de oficio determinante: existe una correlación directa entre la trayectoria y la renuncia a la validación externa. No se registraron artistas con menos de cinco años de práctica que prescindan de la aprobación institucional; por el contrario, la autonomía —esa decisión de producir sin esperar el aval del salón o la beca— se concentra casi exclusivamente en quienes superan los 15 años de oficio. Esto sugiere que la independencia no es una postura inicial, sino un estadio de madurez al que se llega tras agotar las instancias de validación tradicionales.

Al cierre del relevamiento, las observaciones particulares de los participantes permitieron identificar cuatro ejes de tensión que atraviesan la subjetividad del artista local:

  • La asfixia espacial y política: Se denuncia una falta crítica de espacios de exhibición, agravada por una ausencia sistémica de políticas culturales por parte del Estado Municipal, lo que profundiza la sensación de orfandad institucional.

  • La trampa de los criterios estéticos: Se percibe una contradicción: mientras el impulso creativo empuja hacia la experimentación material y constructiva, los criterios de validación siguen anclados en parámetros tradicionales. Esta brecha impide que la teoría local logre renovar los criterios estéticos, quedando atrapada en moldes del pasado.

  • El dilema del amateurismo: Aparece una visión dual sobre el concepto de "amateur". Por un lado, se lo vive como un estigma que resta profesionalismo; por otro, se lo reivindica como un refugio de libertad creativa que permite esquivar las dinámicas endogámicas de los grupos de poder establecidos.

  • La libertad frente a la pertenencia: Existe un deseo latente de producir sin la necesidad de pertenecer a círculos cerrados, buscando una práctica que, aunque marginal, sea honesta consigo misma.

 

Conclusión: El desafío de habitar el silencio

Si retomamos aquella escena con la que se inició este ensayo, comprendemos que el problema de la "guitarreada" no es un error individual, sino un síntoma de una cultura que le teme al vacío. En un mundo donde el algoritmo ya decidió que el arte es ruido de fondo y donde la Aesthetic Fatigue ha reducido nuestra atención a seis segundos, la respuesta de la escena local ha sido polarizarse: o refugiarse en la seguridad del oficio mudo, o intentar sobre-explicar la obra con un léxico de pertenencia que nadie está realmente escuchando.

El relevamiento de estos 56 artistas nos deja una hoja de ruta desafiante:

  1. La autonomía es el nuevo estándar: El hecho de que los artistas con más de 15 años de trayectoria hayan renunciado a la validación institucional no es un signo de derrota, sino de emancipación. En una ciudad con "asfixia espacial" y ausencia de políticas claras, la profesionalización hoy pasa por la autogestión. El artista marplatense ya no espera que lo descubran, construye su propio centro.

  2. Hacia una Teoría de Territorio: Los datos muestran una resistencia a la "contaminación" teórica externa. Esto no es ignorancia, es protección. La escena local reclama una teoría que no sea un traje alquilado de Buenos Aires o del mercado global, sino un pensamiento que nazca de la potencia expresiva y la física del material. Necesitamos dejar de importar discursos para empezar a traducir nuestra propia materia.

  3. Superar el "Choque de Trenes": La división entre el "humo" contemporáneo y lo "viejo" tradicional es una trampa que nos mantiene en la marginalidad estadística del 2%. La verdadera vanguardia en Mar del Plata será aquella que logre reconciliar la honestidad del oficio con la densidad de la idea. Una obra que no necesite una "guitarra" para sostenerse, pero que tampoco se agote en su propia técnica.

En última instancia, a nadie le importa el arte, hasta que el arte logra que algo importe. En una era de imágenes generadas por máquinas en segundos, el valor de nuestra producción local reside en aquello que la IA no puede replicar: el compromiso de un artista que decide producir a pesar del desinterés global. El artista persiste porque tiene cosas para decir; porque posee un lenguaje propio capaz de nombrar el mundo de modos nuevos, rescatando al objeto del vacío y devolviéndole su derecho a significar. Y porque sabe que el arte lo cambia todo. El futuro de nuestra escena no depende de ganar la batalla por la atención contra una industria del entretenimiento de miles de millones de dólares, sino de crear espacios de resistencia contemplativa. Menos ruido curatorial, más rigor material. Menos pertenencia endogámica, más honestidad intelectual.

Solo así, cuando alguien nos susurre al oído frente a una obra, ya no será para notar que "le falta la guitarra", sino para reconocer que, finalmente, la materia ha vuelto a hablar por sí misma.

 

Alejandro Zoratti Calvi

Mar del Plata, abril de 2026

Recepción de la obra de arte y scrolling
Recepción de la obra de arte y scrolling

La democratización del arte: del Salón al entorno digital

Los orígenes de la democratización en la recepción artística —una consecuencia no siempre premeditada— se remontan a las exposiciones del siglo XVIII en el Salón Carré del Louvre. Como señala Valeriano Bozal, el Salón fundó un público que comenzó a disfrutar, contemplar y valorar obras que antes eran privilegio exclusivo de la corte. El éxito fue abrumador: el volumen de libretos (precursores del catálogo) vendidos entre 1759 y 1781 confirma que la asistencia no se limitaba a una élite, sino que abarcaba a todas las capas sociales.

Francisco Calvo Serraller destaca que este fenómeno marca el inicio de un consumo masivo del arte que persiste hasta hoy, moldeando la práctica profesional y la difusión social de la disciplina. Sin embargo, aquel contacto era directo. Los libretos eran meros listados topológicos, muy distantes de los catálogos actuales. Dos siglos después, la tecnología ha transformado esta experiencia: museos y galerías ofrecen recorridos virtuales en 360° y zooms que permiten escrutar la trama del lienzo desde el hogar. Para las instituciones educativas, esto supuso el paso de las limitadas diapositivas y enciclopedias a un acceso global e inmediato. No obstante, esta apertura obligó a los espacios de exhibición a profesionalizar su presencia digital y a competir en un mercado global de experiencias perceptivas cada vez más voraz.

El artista ubicuo y la frontera de lo artístico

La proliferación de creadores es otra faceta de esta democratización, vinculada a la ruptura de las vanguardias sobre el concepto de arte. Si el simple señalamiento del artista basta para dotar a un objeto de condición artística, las fronteras se diluyen. La libertad expresiva, el desapego de la belleza tradicional, lo experimental y el acceso irrestricto a materiales sin rigor técnico sugieren una posibilidad ilimitada de "ser artista".

Sin embargo, esta saturación no es exclusiva de nuestra era. Los datos del Salón de París muestran que la tendencia ya era crítica en el XIX: de las 485 obras expuestas en 1801 se pasó a 3.318 en 1833, y a un intento de presentar más de 4.000 en 1840. Este crecimiento exponencial fue lo que, en última instancia, provocó el estallido del sistema tradicional de Salones.

Lo que define a nuestra era es la democratización de la información. La mediación histórica de críticos y museos se ha diluido: hoy, cualquier usuario es simultáneamente artista, espectador, crítico y curador. El arte comparte espacio en la pantalla con la gastronomía, el fitness o la vida social, compitiendo en una superficie luminosa uniforme. Pero aquí surge una distinción crucial: ¿es la recepción de una imagen digital comparable a la experiencia frente a la obra original? El "catálogo universal" de internet es una herramienta de divulgación magnífica, pero su consumo no equivale a la recepción estética; por el contrario, puede adormecer la voluntad del espectador, sustituyendo el deseo del contacto real por la gratificación instantánea de la imagen posteada.

El arte en las redes sociales: la estandarización de la mirada

El registro de la obra —fotos, reels, stories— es hoy, para muchos, la única forma de recepción. Estas plataformas operan en tres tiempos: el preview (expectativa), el tiempo real (transmisión) y el after-show (memoria). La retroalimentación constante de "likes" y comentarios moldea la percepción colectiva, donde el éxito suele medirse por métricas algorítmicas más que por valores estéticos. Asimismo, la narrativa personal del artista —su taller, su cotidianidad— se vuelve tan relevante como la pieza misma, humanizando al creador pero desplazando el foco del objeto artístico al contexto biográfico.

El scrolling indiscriminado produce un aletargamiento perceptivo. Al anular la experiencia aurática, todas las obras adquieren el mismo tamaño, luz y distancia. Se pierde la decisión soberana del acercamiento, el silencio del detenimiento y la consciencia del espacio-tiempo. Frente a la alienación del dispositivo, la obra física se erige como un acto de resistencia; mientras el mundo digital disfraza la realidad con filtros y posverdad, la presencia de la materia involucra la integridad del ser.

Índex y clon: el quiebre de la realidad

Técnicamente, la mayoría de las imágenes digitales son registros indiciarios, "huellas" de la realidad derivadas de la fotografía. Esta naturaleza de imagen-índex generó históricamente una confusión entre imagen y realidad: si es una huella, debe ser verdad. No obstante, esta noción se desmorona de una vez por todas con la Inteligencia Artificial (IA).

A diferencia de la época de los Lumière, donde la fotografía operaba como un equivalente de la realidad, la IA generativa no busca la identificación mimética, sino una idealización verosímil. Hoy, las imágenes no solo aluden a lo real, sino que tienen la capacidad de superarlo o, incluso, de sustituirlo por completo. Lo vicarial ya no ocupa el lugar de lo otro; es el "nuevo otro". Registros inteligentes resucitan retratos antiguos o animan obras clásicas: la Gioconda fuma, Napoleón cabalga fuera del lienzo. La representación se ha liberado de su referente; las nuevas iteraciones son más impactantes y se han vuelto la norma en el imaginario colectivo. Ante este escenario, donde la imagen ya no pretende aludir a la verdad sino clonarse en una realidad paralela, la pregunta trasciende la teoría del arte: ¿qué lugar ocupa hoy nuestra voluntad de ser afectados por la materia?

En un mundo que nos empuja a la anestesia del scrolling, rescatar la experiencia del contacto físico —el peso de un objeto, la textura de una superficie, el rebote errático de la luz— se vuelve un acto de resistencia vital. No se trata solo de defender la obra de arte, sino de defender nuestra propia capacidad de percibir lo innegable. Mientras lo digital nos ofrece una perfección aséptica y manipulable, la materia nos devuelve la verdad de lo incompleto, lo táctil y lo presente. En esa vulnerabilidad frente a lo real, allí donde el algoritmo no puede entrar, es donde recuperamos la integridad de nuestra vivencia y la certeza de que, a pesar de la inundación de clones, todavía habitamos un mundo que respira.

 

Alejandro Zoratti Calvi

Mar del Plata, julio de 2025

Espacio de Diálogo y Reflexión

Los textos publicados no pretenden ser una última palabra, sino el inicio de conversaciones necesarias para nuestra escena. Si deseas sumar tu perspectiva, reflexión o disenso, te invitamos a hacerlo a través del siguiente formulario. Con el fin de garantizar la honestidad intelectual y el respeto por el oficio, solo se recibirán y publicarán contribuciones identificadas con nombre y apellido reales. En este espacio, valoramos la palabra que se sostiene con el cuerpo; las opiniones anónimas o bajo seudónimos no serán consideradas, priorizando así un debate a la altura del rigor que nuestra práctica exige.

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